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Sergio Hernández y la fábula del oso hormiguero – NSS Oaxaca

EL PAÍS

LUIS PABLO BEAUREGARD

San Diego – 30 NOV 2022 – El mundo de Sergio Hernández está poblado de bichos y criaturas imaginarias. El artista oaxaqueño las extrae de sus sueños y pesadillas y las exorciza sobre lienzos con arena, plomo y hasta oro. Entre el catálogo fantástico de Hernández, uno de los artistas más importantes de Latinoamérica, hay un animal que sobresale entre los demás. No pertenece al mundo quimérico, sino al más terrenal: el oso hormiguero. “En el zoológico de mi alma oaxaqueña, entre insectos y ajolotes traigo tiempo atrás un oso hormiguero que visita con frecuencia mis sueños desde que lo visité un día en un zoológico de Berlín”, confiesa el artista a este periódico.

El oso hormiguero ocupa precisamente un sitio destacado en Rescoldos de Oaxaca, la más reciente exposición de Hernández. La obra está en el centro de la muestra que abrió sus puertas recientemente en el Museo de Arte de San Diego y que hace un recorrido por las más de cuatro décadas de trayectoria del artista. El tamandúa mexicana, la especie que Hernández retrata a gran volumen, está hecho con pigmentos y arenas. Es una obra de agradecimiento al que considera su nahual, el espíritu protector de las sociedades prehispánicas mesoamericanas. “Es mi tona protectora [un concepto similar al tótem] en el tránsito por este inframundo que es a veces el siglo XXI”, dice Hernández. A cambio de la protección, el pintor lo vistió con “azul mineral” y “verde barita”, dos colores que cree que el mamífero tiene entre sus favoritos.

El hechizo del nahual ha sido favorable para Hernández, quien a sus 65 años ha vivido varias vidas. El animal también es un rescoldo de los cuentos con los que su abuela endulzaba una dura infancia en su natal Santa María Xochistlapilco, una región ubicada en la sierra mixteca de Oaxaca, al noroeste del Estado. “Es una brasa viva de su cocina en mi memoria”, añade. El oso hormiguero, añade, acude a su llamado cuando lo invoca y lo acompaña siempre.

Abierta hasta el 12 de febrero de 2023, Rescoldos de Oaxaca es muestra de la buena fortuna que le ha provisto su espíritu protector. La exposición es la primera de Hernández en solitario en un museo estadounidense. El hito sorprende cuando se habla de uno de los exponentes pictóricos más reconocidos de México, egresado de la prestigiosa escuela La Esmeralda y cuyas primeras obras fueron seleccionadas al Salón de Artes Plásticas de Bellas Artes por primera vez en 1977. En 1984 integró la primera Bienal de La Habana.

Tres años más tarde, Hernández aprendió producción gráfica en el taller de Peter Bramsen en París, una escala obligada para los creadores europeos. Fue en Francia donde conoció a Francisco Toledo, un artista con el que compartió no solo el terruño sino también un fecundo mundo imaginario. Teresa del Conde, una de las críticas de arte mexicanas más influyentes de finales del Siglo XX, sostenía que, muy a pesar de Rufino Tamayo y Francisco Toledo, no existía una escuela oaxaqueña de arte. Sin embargo, Hernández, sobre todo, representaba la “esencia” de lo oaxaqueño por “la iconografía de motivos diversos, las retículas que rigen las composiciones y el color”.

Las 33 obras que conforman Rescoldos de Oaxaca son un breve resumen de 40 años. Están las obras más características de Hernández, lienzos de grandes proporciones de color azufre, cinabrio y lapizlázuli, como el utilizado por Fra Angelico durante el Renacimiento. Estos son los que dan la bienvenida a los visitantes. También hay pinturas especialmente realizadas para esta muestra. Entre estas se encuentran cinco óleos recubiertos con hoja de oro, sobre los que está dibujada la fauna mágica del artista. Es la primera vez que Hernández usa este elemento en su arte.

También destaca la selección de la obra que Hernández hizo hace siete años, empleando placas de plomo como base de las obras. La serie fue conocida en 2015 como Blanco de plomo, por el proceso que era necesario seguir para poder marcar el metal con los paisajes oníricos y apocalípticos. Estas obras subrayan el papel de alquimista de Hernández, quien vierte ácidos, vinagre, malaquita, turquesa y otros pigmentos para manchar las placas y revelar las figuras que, en un principio, solo son obvias al artista. El uso de los líquidos, sin embargo, crea vapores tóxicos que pueden afectar a los pulmones mediante la acumulación de silicio. Para evitar esto, el pintor trabajaba con una máscara para evitar que estos gases le llegaran a las narices.

Fue Roxana Velásquez, directora del Museo de Arte de San Diego desde hace 12 años, quien abrió la puerta a la cosmovisión de Hernández. La promotora cultural y el artista se conocieron en 2019 en la Feria Marco de Ciudad de México, donde trabaron la promesa de hacer la muestra en esta ciudad del sur de EE UU, que hace con frontera con la intensa experiencia que es Tijuana. California era un destino óptimo para la primera exposición de Hernández. El constante flujo migratorio de oaxaqueños al Estado del Oeste —una relación que ha generado el territorio ficticio de Oaxacalifornia— ha beneficiado especialmente ciudades como Los Ángeles, donde pueden hallarse las tradiciones lingüísticas, de vestimenta y, sobre todo, culinarias de los pueblos de la entidad mexicana.

Hernández accedió por diferentes motivosa la muestra en San Diego. El primero, porque cruzar la frontera permitiría llevar a nuevos territorios las ideas de un artista que es también un destacado activista. Y la otra, quizá más importante, es que se sentiría cobijado junto a la pinacoteca que hoy pone su obra en relieve. El Museo de Arte de San Diego tiene una pequeña, pero potente selección de maestros del arte como Zurbarán, José Ribera, El Greco, Murillo, Sorolla, Juan Sánchez Cotán y Giorgione, un genio del siglo XV cuya existencia es puesta en duda por algunos. Al artista de Oaxaca le gustó pensar que pertenece allí, junto a las figuras europeas que lo influyeron y a quienes considera su verdadera escuela.

La pertenencia es uno de los temas principales de Rescoldos de Oaxaca. Hernández usa materiales de su tierra: arenas, cochinillas (un pigmento rojo) e insectos locales, para generar arte con el entorno que lo ha rodeado. Sus pinturas reflejan las maravillas ocultas del mundo natural y de la fauna autóctona. Quizá es por esto que el artista ha deseado dejar un valioso recuerdo de este lado de la frontera. Hernández ha donado el lienzo del oso hormiguero al museo. El artista se desprende de su espíritu protector.

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